Veinticinco años de imágenes satelitales revelan que el centro de datos de Antel en Pando genera una isla de calor visible desde el espacio. A 11 kilómetros, Google construye otro varias veces más grande.
Cuando alguien hace una copia de seguridad del celular, envía un correo electrónico o reproduce un video en YouTube, rara vez piensa en lo que ocurre del otro lado. Esa información viaja hasta un edificio concreto, lleno de computadoras que funcionan sin parar, los 365 días del año. A esas construcciones se les llama centros de datos. Son la infraestructura física de lo que, con cierta poesía comercial, la industria bautizó “la nube”. Pero las nubes reales dan sombra. Estos edificios dan calor.

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En Pando, una ciudad de unos 30 mil habitantes ubicada a 30 kilómetros de Montevideo, la capital uruguaya, funciona desde mayo de 2016 un centro de datos de Antel, la empresa estatal de telecomunicaciones. Amenaza Roboto analizó 25 años de imágenes satelitales del lugar y encontró algo que hasta ahora nadie había medido en Uruguay. La instalación genera su propia isla de calor: una zona que permanece más caliente que todo lo que la rodea.
A diferencia de un edificio común, dentro del centro de datos miles de servidores convierten electricidad en calor que un sistema de refrigeración expulsa al ambiente, y esa huella térmica es detectable desde un satélite que orbita a más de 700 kilómetros de la Tierra.
Este centro de datos tiene una capacidad máxima de 12 megavatios, la quinta parte del que Google está construyendo a 11 kilómetros.
25 años de registros térmicos
Amenaza Roboto utilizó imágenes del satélite Landsat, operado por la NASA y el Servicio Geológico de Estados Unidos, que desde el año 2000 registra la temperatura de la superficie terrestre. El sensor térmico del satélite tiene una resolución de 100 metros, que un procesamiento estándar permite refinar a 30 metros: lo suficiente para distinguir un edificio de la calle que lo rodea.
El satélite mide la temperatura de las superficies: el suelo, los techos, el pavimento. Permite saber cuánto más caliente está una superficie de otra. La temperatura que registra no es la que sentiría una persona, pero sirve para localizar qué zonas se están calentando.
La temperatura de un terreno vista desde el espacio depende de múltiples factores como la vegetación, el tipo de suelo, la pavimentación o la época del año. Si el predio donde se construyó el centro de datos perdió vegetación y ganó asfalto, su temperatura subirá por la urbanización pero no por su actividad. Para separar un efecto del otro, Amenaza Roboto construyó un modelo estadístico que considera todas esas variables y compara el mismo terreno en dos períodos: antes de que existiera el centro de datos (2000 a 2013) y después de que comenzó a operar (2017 a 2025). Los años de construcción fueron excluidos para no distorsionar los resultados.
Para descartar además que cualquier aumento se debiera a factores generales como el cambio climático, el crecimiento urbano de Pando, o variaciones naturales, el modelo descuenta cualquier cambio que también hayan experimentado dos edificios industriales de referencia: un galpón del Correo y un depósito textil cercanos, sin maquinaria de procesamiento ni refrigeración industrial.
En total, el análisis se basa en más de 32 mil mediciones de temperatura tomadas por el satélite a lo largo de 25 años.
Ningún sistema de refrigeración elimina el calor: solo lo mueve de adentro hacia afuera.
Cómo enfría un centro de datos (y por qué aun así calienta)
Dentro del centro de datos de Antel hay filas de servidores funcionando sin interrupción. Cada servidor usa electricidad para procesar información, y ese proceso genera calor como subproducto inevitable. No es una ineficiencia del diseño, es una consecuencia de la termodinámica.
Para sacar ese calor del edificio, agua fría recorre las salas en un circuito cerrado, absorbe el calor que sueltan los servidores y regresa tibia a los chillers: unas máquinas industriales que la enfrían y la devuelven al recorrido. El calor retenido sale del edificio por los condensadores, hileras de ventiladores que lo expulsan al aire libre. Es el sistema principal de refrigeración y funciona en las tres salas hoy en operación.
En una de las salas, además, giran cuatro grandes ruedas de Kyoto: intercambiadores de calor que aprovechan el aire frío del exterior para enfriar el del interior sin que ambos flujos se mezclen. Cuando la temperatura afuera lo permite, el sistema las enciende: hasta tres operan a la vez, una cuarta queda siempre de respaldo. Si lo que enfrían no alcanza, los chillers terminan el trabajo. La industria llama a esto "free cooling" o enfriamiento natural: no reemplaza al sistema principal, lo complementa, y ahorra energía, el mayor gasto de un centro de datos. Amenaza Roboto verificó estos equipos durante una visita a la instalación.
El calor que generan los servidores tiene que salir del edificio. Sale por los equipos de refrigeración instalados en el exterior: los condensadores de los chillers, las ruedas de Kyoto y cada punto donde el sistema descarga al ambiente el calor que extrajo del interior. Ningún sistema de refrigeración elimina el calor: solo lo mueve de adentro hacia afuera.
El calor no está en el techo: está en los alrededores
El modelo aisló una parte del calor que solo aparece cuando los servidores están encendidos. Esa emisión debería dejar una marca física en el espacio. Para encontrarla, se comparó el patrón del centro de datos con el de los galpones de referencia. Cualquier diferencia sería la firma de los condensadores y las ruedas de Kyoto.
El calor de un techo convencional viene del sol y se queda donde cae. La temperatura es máxima en el propio edificio y baja con la distancia. Eso es lo que ocurre con los galpones de referencia: un descenso gradual y parejo, un escalón del edificio a los primeros 150 metros y otro similar hasta los 300.

En el centro de datos, el patrón es distinto. La temperatura se mantiene prácticamente igual entre el edificio y los primeros 150 metros, una meseta térmica que no aparece en ningún otro sitio analizado. Esta meseta sólo se explica por el calor del sistema de refrigeración: no se queda donde se genera sino que se dispersa hacia las inmediaciones. Esos equipos exteriores expulsan chorros de aire caliente que no se quedan junto al edificio sino que se desplazan con el viento y se acumulan en la periferia.
Por eso la diferencia con los controles aparece en la zona que rodea al centro de datos, no en el edificio mismo. Esto se verificó con dos referencias geográficas independientes y se confirmó mediante un test estadístico formal: en los galpones de referencia la temperatura decrece con la distancia; en el centro de datos, no.
A once kilómetros: el Proyecto Teros
Todo lo anterior corresponde a un centro de datos con una capacidad máxima de 12 megavatios que, durante el período analizado, no funcionó a pleno: en la visita al lugar, Amenaza Roboto pudo confirmar que una de las cuatro salas de servidores estaba vacía.
A 11 kilómetros de distancia, en Ciudad de la Costa —dentro del área metropolitana de Montevideo—, Google está terminando de construir el Proyecto Teros, su centro de datos de hiperescala, la categoría más grande que existe en la industria. A plena capacidad, consumirá 560 gigavatios-hora al año, según la descripción del proyecto en el Estudio de Impacto Ambiental evaluado por el Ministerio de Ambiente. Es el equivalente al consumo eléctrico de unos 200 mil hogares, más que cualquier localidad del país salvo Montevideo. Su consumo energético máximo implica una potencia media de unos 64 MW, cinco veces la capacidad máxima del centro de datos de Antel.

Google ya opera un centro de datos en Chile, el primero de la empresa en Sudamérica. El Proyecto Teros será el segundo en la región y el primero en Uruguay.
Según la revisión del expediente ambiental del proyecto, ninguno de los estudios presentados por Google contempla el efecto de isla de calor. La legislación uruguaya define el impacto ambiental como cualquier alteración provocada por "materia o energía", lo que en principio abarca el calor. Pero ninguna norma lo exige, y la autoridad ambiental tampoco lo requirió. Cuando analizó el expediente, el efecto térmico de un centro de datos sobre su entorno no había sido documentado. El calor de una instalación que funcionará como un sistema de calefacción al aire libre, las 24 horas del día, no fue evaluado.
Macarena Sarroca, investigadora en clima y salud del Pasteur Network, advirtió a Amenaza Roboto que el efecto de una isla de calor potencia los riesgos a la salud durante olas de calor.
Por qué importa el calor
Tampoco existen estudios que midan las consecuencias sanitarias del calor que emiten los centros de datos sobre su entorno. Sobre el calor y la salud en general, en cambio, hay décadas de evidencia.
La literatura científica asocia la exposición prolongada al calor con aumentos en la mortalidad cardiovascular y respiratoria, golpes de calor, enfermedades renales y deterioro de la salud mental. Los más afectados son personas mayores, embarazadas, niños pequeños y quienes trabajan al aire libre.Macarena Sarroca, investigadora en clima y salud del Pasteur Network, advirtió a Amenaza Roboto que el efecto de una isla de calor potencia los riesgos a la salud durante olas de calor.
Un estudio de la Universidad de Princeton, publicado en el Journal of Applied Meteorology and Climatology en 2013, demostró que la mortalidad aumenta un 0,38% por cada día adicional de ola de calor, y que ese riesgo se agrava en zonas con islas de calor, donde el suelo acumula calor durante el día y lo libera de noche, impidiendo que el cuerpo se recupere.
Eso es lo que ocurre en una isla de calor urbana convencional: asfalto y techos que se calientan al sol y devuelven ese exceso tras la puesta. Un centro de datos agrega a eso una fuente propia, activa las 24 horas e independiente del clima. Mientras una superficie convencional se enfría de noche transfiriendo el calor al ambiente, un centro de datos continúa emitiendo y calentando las superficies.
Una ola de calor en una zona donde opere un centro de datos —escenario aún no estudiado— tendría un efecto sanitario mayor, y no de forma proporcional: en condiciones extremas, incrementos pequeños de temperatura pueden multiplicar el riesgo.
El centro de datos de Antel en Pando, considerado de tamaño mediano, está en una zona de baja densidad urbana. El de Google, a 11 kilómetros, y de hiperescala, linda con campos deportivos de centros educativos como el del Lycée Français, las sedes de los clubes Lawn Tennis y Old Christians, viviendas y otras industrias. El gobierno uruguayo proyecta más de estas instalaciones.

Lo que sigue
Esta investigación no es solo un hallazgo sobre un edificio en Pando. Con 25 años de registros satelitales se comprobó cuánto calor genera un centro de datos sin usar toda su capacidad instalada y con refrigeración eficiente. El de Google usará la misma tecnología de enfriamiento pero para cinco veces más capacidad, en un predio de características distintas y en una zona más poblada. Si un centro de datos mediano que no funciona a pleno produce una isla de calor detectable desde el espacio, uno con cinco veces más potencia producirá una señal mayor. Lo que queda por medir es la magnitud, y ahora existe un antecedente para hacerlo.
La contribución central es haber demostrado que se puede distinguir, con datos públicos y gratuitos, qué parte del calor viene de la construcción y qué parte de los servidores. El método es replicable.
Antes

Después

Mientras este trabajo estaba en curso, en marzo de 2026 se publicó el primer estudio que relaciona centros de datos con islas de calor (Marinoni et al., “The data heat island effect”, arXiv). Se trata de un “preprint” (una versión preliminar difundida antes de pasar por la revisión por pares) que reportó un aumento promedio de 2 °C alrededor de los centros de datos analizados.
Recibió críticas metodológicas del divulgador independiente Andy Masley, el analista de la consultora Omdia Vlad Galabov y el investigador de la Universidad de Bristol Chris Preist, que coincidieron en un mismo punto: el estudio no separa el calor que producen los servidores en funcionamiento del que se acumula simplemente por reemplazar vegetación con techos y pavimento. Masley apuntó a que el paper tampoco compara con otros tipos de construcción comercial y que la resolución del sensor MODIS utilizado (1 km por píxel) impide distinguir el centro de datos de su entorno.
El análisis de Amenaza Roboto usó Landsat, con una resolución 33 veces mayor, controló todos esos factores, y es, según la revisión de literatura realizada, el primero en aislar ambos componentes.
La industria global de centros de datos consume más electricidad que muchos países enteros. A diferencia de otras instalaciones industriales, un centro de datos convierte prácticamente toda la electricidad que consume en calor y lo disipa desde un solo predio, de forma continua, las 24 horas del día, los 365 días del año.
Uruguay se posiciona como un polo regional para este tipo de infraestructura. Antel opera tres centros de datos —Pando, Pocitos y Lezama—, equipará una cuarta sala en el de Pando, construirá dos nuevos, uno en Aguada y otro en un lugar a determinar. Google construye el suyo. Según fuentes del sector, se proyectan tres instalaciones privadas adicionales. Sus promotores afirman que estos proyectos traen inversión económica, empleo y desarrollo de infraestructura digital.
Cuando se discute el impacto de los centros de datos en el medio ambiente, el debate público suele concentrarse en el consumo de agua y de energía. El efecto térmico sobre el entorno, el calor que estas instalaciones depositan sobre las comunidades que los rodean, no aparece en la conversación. Los datos demuestran que ese impacto existe, es medible, y no se estaba monitoreando.
Ahora hay una medición y una línea de base para lo que viene. El calor detrás de la nube ya no es invisible y se detecta desde 700 kilómetros de altura.
Asesoría científica: Dr. en Biología Luis Orlando.
Fotos: Matilde Campodónico.
Diseño: Antar Kuri.

